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Hay personas que esperan las vacaciones durante meses y, sin embargo, cuando por fin llegan, descubren que no saben muy bien qué hacer con ellas.

El ordenador está apagado. La oficina queda lejos. La agenda profesional se vacía y, en teoría, ha llegado el momento de descansar. Pero la mente sigue funcionando a la misma velocidad. Aparecen pensamientos sobre todo aquello que todavía queda pendiente, la sensación de que habría que aprovechar mejor el tiempo y una cierta incomodidad cuando no estamos haciendo nada.

Entonces puede aparecer la culpa.

La culpa por dormir hasta tarde. Por pasar una mañana sin planes. Por no responder un mensaje. Por leer durante horas. Por no hacer ejercicio. Por no aprovechar el viaje. Incluso por sentir que estamos perdiendo el tiempo.

Es una paradoja bastante contemporánea: hemos aprendido a trabajar, a producir y a mantenernos ocupados, pero no siempre hemos aprendido a descansar.

Y quizá el problema no esté en nuestras vacaciones.

Quizá esté en el estado en el que llegamos a ellas.

Cuando llevamos meses sometidos a una elevada demanda de atención, decisiones, responsabilidades y estímulos, nuestro organismo puede acostumbrarse a funcionar en un nivel de activación alto. El estrés sostenido no desaparece necesariamente el día que cerramos el portátil. El cuerpo puede abandonar el lugar de trabajo, pero la mente tarda algo más en comprender que ya no tiene que seguir resolviendo.

Por eso, para algunas personas, los primeros días de vacaciones no son inmediatamente relajantes. Puede aparecer cansancio, irritabilidad, dificultad para conciliar el sueño o una sensación de inquietud difícil de explicar. Es como si, al disminuir las exigencias externas, empezáramos a percibir todo aquello que durante el resto del año quedaba cubierto por la actividad.

Desde la perspectiva del mindfulness, hay aquí una distinción especialmente interesante: la diferencia entre el modo hacer y el modo ser.

El modo hacer está orientado a alcanzar un objetivo. Cuando estamos en él, nuestra atención se dirige constantemente hacia lo que falta, lo que tenemos que resolver o aquello que queremos conseguir. Es un modo de funcionamiento imprescindible para nuestra vida cotidiana, pero puede convertirse en una fuente de estrés cuando permanece activado incluso cuando ya no necesitamos actuar.

El modo ser propone otra relación con la experiencia. No se trata de dejar de hacer para siempre, sino de recuperar la capacidad de estar presentes sin exigir que cada momento nos conduzca hacia algún resultado.

Las vacaciones pueden ser una oportunidad extraordinaria para practicar ese cambio.

No para hacer menos.

Sino para dejar de vivir todo el tiempo como si hubiera algo que conseguir.

Estas seis claves pueden ayudarte a comenzar.

1. Comprende que el estrés no desaparece cuando empiezan las vacaciones

Uno de los errores más frecuentes es pensar que el descanso comienza automáticamente cuando termina el trabajo.

Pero nuestro sistema nervioso no funciona con un interruptor.

Si durante meses hemos vivido con una elevada carga de responsabilidades, prisas y estímulos, necesitamos un tiempo para reducir progresivamente ese nivel de activación. El cuerpo puede necesitar unos días para recuperar su ritmo y la mente puede continuar funcionando con la inercia adquirida.

Por eso, quizá los primeros días de vacaciones no te sientas tan relajado como esperabas.

Y esto es importante: no significa que estés haciendo mal las vacaciones.

Puede significar simplemente que estás pasando de un estado de activación sostenida a otro de mayor recuperación.

Cuando comprendemos esto, podemos dejar de luchar contra la experiencia. En lugar de pensar «debería estar disfrutando más», podemos reconocer que nuestro organismo está realizando una transición.

El mindfulness comienza precisamente ahí: en aprender a observar lo que está ocurriendo sin añadir una segunda capa de juicio.

Puedes preguntarte:

¿Cómo está mi cuerpo realmente?

No cómo debería estar.

No cómo me gustaría que estuviera.

Sino cómo está.

Quizá descubras tensión en los hombros, fatiga, dificultad para permanecer quieto o una mente que continúa anticipando el futuro. Observarlo con atención ya es una forma de empezar a cambiar la relación con ello

2. Reconoce cuándo has convertido el descanso en otra forma de productividad

Existe una contradicción que merece nuestra atención: incluso cuando dejamos de trabajar, podemos seguir pensando como si estuviéramos trabajando.

Organizamos las vacaciones con la misma lógica con la que organizamos un proyecto. Diseñamos itinerarios, llenamos los días de actividades y sentimos que tenemos que aprovechar cada minuto.

El descanso también se convierte en algo que hay que hacer bien.

Y aparece una nueva exigencia: tengo que disfrutar.

Pero disfrutar bajo presión deja de ser disfrute.

Cuando cada día tiene que ser memorable, cada viaje extraordinario y cada experiencia digna de ser fotografiada, las vacaciones pueden terminar convirtiéndose en una nueva forma de rendimiento.

Tal vez por eso una de las preguntas más interesantes que podemos hacernos sea:

¿Estoy descansando o estoy intentando conseguir unas vacaciones perfectas?

La diferencia es importante.

Descansar implica permitir que haya espacio. Espacio para una mañana sin objetivos, para una conversación que se alarga, para un paseo que no conduce a ningún lugar concreto. Implica aceptar que algunos momentos serán sencillos y que no todos tendrán que convertirse en una experiencia significativa.

Una vida que necesita ser constantemente optimizada termina dejando poco espacio para ser vivida.

Por eso, este verano, quizá puedas dejar algunos momentos deliberadamente vacíos.

No como una tarea más de tu agenda.

Como una invitación a descubrir qué ocurre cuando no tienes que llenar cada espacio.

3. Aprende a permanecer cuando aparece la incomodidad

Cuando dejamos de hacer, aparece algo que durante el año puede quedar oculto: nuestra propia experiencia.

Y no siempre resulta agradable.

Puede aparecer aburrimiento. Inquietud. Tristeza. Cansancio. Pensamientos que no habíamos escuchado. Emociones que habían quedado aplazadas.

En ocasiones, confundimos esta incomodidad con la necesidad de volver a estar ocupados.

Cogemos el teléfono. Buscamos una actividad. Encendemos una serie. Revisamos el correo. Organizamos el día siguiente.

No porque realmente lo necesitemos, sino porque no sabemos muy bien cómo estar con aquello que sentimos.

La práctica de mindfulness ofrece una alternativa: aprender a permanecer un poco más con la experiencia antes de reaccionar automáticamente ante ella.

Esto no significa quedarse atrapado en el malestar ni obligarse a sentir algo que no queremos sentir. Significa desarrollar la capacidad de reconocer una emoción, una sensación corporal o un pensamiento sin tener que actuar inmediatamente para modificarlo.

Cuando aparezca la inquietud, prueba a observarla.

¿Dónde la sientes en el cuerpo?

¿Qué ocurre cuando respiras y dejas de luchar contra ella?

¿Puedes permitir que esté ahí durante unos instantes sin convertirla inmediatamente en un problema?

A veces, el descanso comienza precisamente cuando dejamos de intentar escapar de cada sensación incómoda.

4. Sustituye la pregunta «¿qué debería hacer?» por «¿qué necesito?»

El modo hacer tiene una pregunta recurrente:

¿Qué toca ahora?

Cuando vivimos desde ahí, nuestra agenda determina constantemente nuestra experiencia. Terminamos una cosa y buscamos la siguiente.

El mindfulness introduce una pregunta diferente:

¿Qué necesito en este momento?

Puede parecer una diferencia pequeña, pero cambia radicalmente nuestra relación con el tiempo.

Quizá necesitas dormir más.

Quizá necesitas estar solo.

Quizá necesitas conversar.

Quizá necesitas caminar.

Quizá necesitas no hacer absolutamente nada.

Y quizá descubras que lo que necesitas no coincide con lo que habías planeado.

Las vacaciones pueden convertirse así en una oportunidad para recuperar una escucha que durante el año queda relegada por las obligaciones.

El cuerpo suele enviar señales mucho antes de que nosotros estemos dispuestos a escucharlas. El cansancio, la tensión, la irritabilidad o la dificultad para concentrarnos no siempre son obstáculos que tenemos que superar. A veces son mensajes.

Preguntarnos qué necesitamos no significa convertir cada deseo en una orden ni vivir permanentemente pendientes de nuestro estado interno. Significa recuperar una relación más consciente con nosotros mismos.

Porque descansar no es solamente dejar de trabajar.

También es dejar de exigirnos durante un tiempo que funcionemos por encima de nuestros propios recursos.

5. Practica la atención plena en las cosas sencillas

Una de las formas más profundas de descansar es recuperar nuestra capacidad de estar plenamente en una sola experiencia.

Esto puede parecer sencillo, pero para una mente acostumbrada a la multitarea es una práctica exigente.

Comemos mientras miramos el teléfono. Caminamos mientras pensamos en lo que haremos después. Conversamos mientras nuestra atención se desplaza hacia otro asunto.

Incluso en vacaciones podemos estar físicamente en un lugar y mentalmente en otro.

El mindfulness nos invita a regresar.

Si estás comiendo, puedes prestar atención al sabor y a las sensaciones del cuerpo.

Si estás caminando, sentir el movimiento de tus piernas y el contacto de los pies con el suelo.

Si estás sentado frente al mar, observar el paisaje sin sentir inmediatamente la necesidad de capturarlo.

Si alguien te habla, escucharle sin preparar mentalmente la respuesta.

No necesitamos crear una experiencia extraordinaria para practicar la atención plena. Precisamente lo contrario: podemos utilizar las experiencias ordinarias para recuperar el contacto con el presente.

Y quizá aquí encontremos una de las formas más sencillas de descanso.

Cuando la atención deja de dividirse constantemente, la experiencia se vuelve menos fragmentada.

Por unos instantes, no estamos intentando llegar a ningún sitio.

Estamos aquí.

6. Deja de pensar que tienes que merecer el descanso

Esta puede ser la clave más profunda de todas.

Muchas personas sienten, en el fondo, que primero tienen que haber hecho suficiente para poder descansar.

Primero terminar.

Primero cumplir.

Primero resolver.

Primero alcanzar los objetivos.

Después, descansar.

El problema es que la lista nunca termina.

Siempre habrá algo pendiente.

Siempre habrá un correo que responder, una tarea que mejorar o una responsabilidad que atender.

Si esperamos a que todo esté resuelto para descansar, probablemente nunca encontremos el momento adecuado.

Por eso necesitamos cambiar nuestra relación con el descanso.

El descanso no es una recompensa por haber sido suficientemente productivos.

Es una necesidad humana.

Nuestro organismo necesita alternar actividad y recuperación. Nuestra atención necesita espacios de pausa. Nuestra mente necesita momentos en los que no tenga que estar permanentemente orientada hacia el siguiente objetivo.

No tienes que justificar que descansas.

No tienes que demostrar que lo necesitas.

No tienes que haber llegado al límite para detenerte.

Puedes descansar antes.

Y quizá una parte importante del aprendizaje sea precisamente esa: comprender que cuidarnos no empieza cuando ya estamos agotados.

Estas vacaciones, prueba a no hacer nada durante un rato

Quizá este verano puedas experimentar con algo muy sencillo.

Reserva un pequeño espacio de tiempo sin ningún propósito.

No para meditar correctamente.

No para ser más productivo después.

No para conseguir relajarte.

Simplemente para estar.

Cuando aparezca el impulso de hacer algo, obsérvalo.

Cuando aparezca la culpa, obsérvala también.

Cuando aparezca el pensamiento «debería estar aprovechando mejor el tiempo», date cuenta de que es solo un pensamiento.

No necesitas obedecerlo.

Puedes respirar.

Puedes sentir el cuerpo.

Puedes mirar alrededor.

Y puedes permitir que ese momento exista sin pedirle que sea útil.

Porque tal vez una de las grandes dificultades de nuestro tiempo no sea que no sabemos trabajar.

Es que hemos olvidado cómo detenernos.

Hemos aprendido a vivir mirando constantemente hacia delante, hacia aquello que todavía falta, hacia el siguiente objetivo, la siguiente tarea, la siguiente meta.

Y cuando llega el momento de parar, descubrimos que la mente todavía sigue corriendo.

Por eso, quizá las vacaciones no sean solamente una oportunidad para alejarnos del trabajo.

Quizá sean una oportunidad para observar nuestra relación con el hacer.

Para descubrir cuánto de nuestra vida vivimos en piloto automático.

Para recordar que no todo momento tiene que producir algo.

Y para recuperar, poco a poco, una capacidad que estaba ahí antes de que empezáramos a exigirnos tanto:

la capacidad de estar.

Porque descansar de verdad no consiste únicamente en dejar de hacer.

Consiste en dejar de sentir, aunque sea durante un tiempo, que siempre deberíamos estar haciendo algo.

Y quizá cuando aprendemos a estar presentes en ese espacio aparentemente vacío descubrimos algo inesperado:

que no está vacío.

Está lleno de vida.

Esther Fernández
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